He estado pensando sobre el tema, y empiezo a creer que es mejor ser rico que pobre. No niego las evidentes ventajas de la pobreza, tan alabadas por poetas, proletas y profetas. He estado a punto de recomendar a mis lectores esta opción. Porque reclamo aquí que algún día los políticos nos dejen decidir nuestra opción económica como ahora se permite elegir la sexual.
Pero aunque parezca chocante, puestos a elegir, me parece mejor poder comprarte más cosas que qué no. Y luego hay otras externalidades positivas. Por ejemplo, recuerdo una entrevista leída en peluquería que se hacía a una señorita que estaba en muy buenas condiciones, y que se había casado recientemente con un magnate de edad venerable, tras separarse recientemente de otro. La señorita comentaba que, en efecto, ella buscaba hombres ricos, pero no por su dinero. Según ella, la gente pobre está demasiado obsesionada con ganar dinero y llega demasiado cansada a casa como para prestarle la atención emocional y los sofisticados cuidados que ella necesitaba. Yo tampoco quiero estar obsesionado. Quiero ser natural y zen como por ejemplo Botín.
Opino que es más fácil, si lo intentas con convicción, pasar de rico a pobre que de pobre a rico. Se ve que el número de plazas del club de rico está limitado, y hacen lo imposible para que no llegues. Así que ante la duda, mejor rico, que siempre puedes arrepentirte y volver a la virtuosa vida del pobre.
Y si le coges gusto, pues nada, a disfrutar, porque tampoco es tan fácil, al menos por estos parajes, que te apeen de rico si no quieres.
Voy a explicar un poco este último punto. Si la vida fuera como la lotería, los ricos tomarían más boletos y seguirían ganando, con cierta incertidumbre, cantidades mayores que las de los pobres en general, que juegan menos. Pero a la larga, y ayudado por la fricción de los impuestos al juego, la ventaja inicial de muchos se diluiría. Habría rotación.
Pero la vida no es una lotería, sino un casino que tiene algunos dados trucados, y hay quien sabe cuáles son, y quien cobra por explicar cuáles son y cómo jugarlos.
Así, hay asesores financieros, bancos de inversión, abogados y hasta países de conveniencia que viven muy bien de ayudar al rico a seguir siéndolo.
Otras ventajas del nacido rico es el acceso a relaciones, formación, capital de despegue y hasta una seguridad en sí mismo que carece el que se ha criado a sopapos por llorón el lugar de con la nanny en el cuarto toda la noche para acunarlo. Todos ellos factores de éxito.
Luego si eres rico, por ejemplo, puedes comprar lotería de sorteos donde no todos pueden jugar. Por ejemplo, si en lugar de gastar 3 euros en el décimo del jueves te compras unos pisos en un barrio de nueva creación quizá la probabilidad de premios y su cuantía sea mayor que el de la lotería, pero algunos no pueden jugar porque cada décimo sale muy caro. Ricos famosos se sabe que juegan a esto. Ayuntamientos y bancos también.
En el caso anterior había también un factor curioso: dinero en impuestos para ayudar al comprador que pasan fugazmente por las manos del pobre para acabar embolsados por un rico. Pero hay un caso mejor que elude el factor de incertidumbre que es un pobre en el camino. Por ejemplo, si eres un rico de toda la vida seguro que tenéis en la familia alguna finquita inoperante a punto de perder las subvenciones, o algún coto de caza en desuso. No es el caso si eres pobre, donde no es probable ni que acabes bajo tierra. Pues le pones a la finquita unos paneles solares que en toda su vida podrán recuperar la energía que costó fabricarlos y vendes la energía a precio primadísimo y regulado a las eléctricas, que tienen obligación de comprarla, y que acaban trasladando el coste a sus facturas bimensuales. Por supuesto, que si tienes algún villa cerca no emplearás esta energía, sino la de la eléctrica, que te sale mucho más barata que la que produces.
Y finalmente, y aunque es improbable que leas a Chomsky si eres rico, intuirás que las empresas tienen derechos de individuos inmortales, y lo aprovecharás para que tus retoños puedan seguir decidiendo si siguen siendo ricos o no, eludiendo los impuestos de sucesión.
En fin, "que lo tengo claro".