Este post va sobre ideas, sí, esa especie de medusitas que rebotan entre las orejas y que a veces creemos que si nos salen bien nos pueden ayudar a prolongar estas vacaciones sine die. Recordad que ésta es buena época para madurarlas.
En Freakonomics se habla de cómo los humanos podemos reaccionar ante los incentivos de forma paradójica. Por ejemplo, una guardería tenía un problema: algunos padres tardaban más de la cuenta en recoger a sus niños, lo que causaba trastornos en el centro. La solución que pusieron en práctica: poner una multa por cada retraso. Semanas después comprobaron... que los retrasos de los padres se había multiplicado.
El asunto es que se había sustituido un incentivo moral por uno económico: ahora los padres podían organizarse con más tranquilidad, porque su conciencia estaba tranquila si pagaban la multa (que por otra parte, era más barata que cualquier servicio de canguro)
Esta historia me la recordó una conversación que mantuve hace unos días con dos directivos de grandes empresas. En ambas, y para liberar el gran talento y creatividad que dicen los libros que hay en las empresas, habían organizado “concursos de ideas”, que incentivaran con premios a las mejores y que promovieran en general un clima innovador.
Pero, como en la guardería, los efectos no eran exactamente los esperados, con resultados mediocres y cierta suspicacia y frustración en los participantes. Esto son notas que juntan las dos experiencias:
- Al comenzar la propuesta, la gran mayoría de las ideas eran individuales y curiosamente correspondían a otras áreas. Cuando éstas las examinaban, solían indicar que no eran practicables y (más frecuentemente) que ya se estaba en ello o... que ya existía. Normalmente el que propone desconfía de estas respuestas y en ocasiones protesta, porque cree que le han “robado la idea” o que no lo hacen porque la idea no venía de su área. Sin embargo, es cierto que alguna idea interesante se recabó, aunque de impacto muy limitado y sobre todo orientada a procesos.
- En una de las empresas, se tomó la siguiente decisión para aumentar la calidad de las ideas: aumentar la recompensa, incluso considerando una participación en los beneficios, y exigir un “business case”. Lo que ocurrió fue que las propuestas comenzaban a ser planteadas por grupos, y corresponder a ideas de la propia área. Los grupos realizan un elaboradísimo aunque en general poco acertado “business case”. Algunos jefes se enfadan por el tiempo que sus empleados dedican al tema, o porque entienden que la tal “idea” no es más que consecuencia natural del trabajo, que no debe ser premiada, y peor: que el concurso está ralentizando la puesta en práctica de innovaciones, ya que los empleados esperan a las fechas de los concursos, y aquellos que no han participado en la propuesta tienen un nivel de compromiso reducido. Incluso hay rumores de cierta “corrupción” en el proceso.
La percepción de los directivos era simple: los concursos no funcionan, porque sus empleados eran una panda de mercenarios llorones, que no tenían ni idea del sector o la misma empresa, y además eran poco creativos (aunque obviamente esto no era lo que comunicaban internamente en la “prensa amarilla”). Pero yo, según les escuchaba, empezaba a pensar que el sistema estaba generando un efecto perverso, al modo de las penalizaciones de la guardería. Me parecía que en sus empresas ahora se empezaba a percibir que proponer ideas es un extra al compromiso profesional, y que debe tener valor económico directo. Además, creo que los mecanismos de los concursos y su comunicación eran algo “bastos”, que no tenían en cuenta la estructura de la génesis de las ideas ni lo más difícil: su puesta en práctica. ¿Alguna idea?





