Las navidades pasadas recordaba el blog “Gokurousama” (vía Joi Ito) que viene a significar en japonés "gracias por el trabajo duro", que es lo que se dice allí para reconocer un buen servicio o un esfuerzo extra. El blog consiste simplemente en un pequeño homenaje a los trabajadores con los que los autores se van cruzando, tomando con permiso sus sonrientes fotografías. Es encantador.
Hay una tradición relacionada en Japón: su Emperador puede distinguir con la dignidad de “tesoro vivo” a quienes han conseguido la “perfección” en su profesión. “Perfección” es conseguir un estado en que la propia voluntad no interfiere con la naturaleza de cada trabajo, y así son interpretadas mejor para conseguir un resultado óptimo. Es decir, no premia el esfuerzo aplicado, pero sí una naturalidad sin esfuerzo que es imposible sin mucha práctica previa. No han sido necesariamente artistas los condecorados, sino frecuentemente sencillos artesanos o profesionales.
Quizá es buen momento de citar las conocidas cuatro fases del aprendizaje:
1.-Incompetencia inconsciente ("no sé que no lo sé")
2.-Incompetencia consciente ("sé que lo hago mal")
3.-Competencia consciente ("puedo hacerlo pero tengo que pensar cómo")
4.-Competencia inconsciente ("puedo hacerlo sin pensarlo")
Me gustaría pensar que podemos extrapolar esto a cualquier tarea. Que hay un camino para alcanzar cierta perfección, en cualquier ocupación o posición. Así, en el nicho aparentemente más desagradecido podría existir una posibilidad de desarrollo personal, que sea en sí gratificante y que disfrute de la camaradería de los que están en el mismo camino. A propósito, para constatar el trabajo duro de un camarada en Japón hay otra palabra: Otsukaresama.
Esto lo cuento por lo siguiente: generalizo y por tanto arriesgo, pero creo que nuestro carácter tiene virtudes que podrían colocar a nuestro país muy alto en la nueva “economía del conocimiento”, como son la creatividad, la sociabilidad y la seriedad en el trabajo (pese a los tópicos).
Sin embargo, tenemos dos serias dificultades:
- Una la compartimos con los japoneses: es la aversión a la incertidumbre. Según el estudio de Hofstede, las culturas mediterráneas y Japón son las que puntúan más alto en ella, lo que suele menor toma de riesgos en los negocios (lo que no sólo significa, como se suele apuntar, menor carácter emprendedor, sino vicios de toma de decisión en empresas). Curiosamente también está asociado a altos índices de tabaquismo y conducción rápida. Es característico de culturas antiguas, imperiales y bastante homogéneas étnicamente.
Aquí puede estar el motivo de por qué toda esa literatura anglosajona tipo “break-the-rules” no llega a empaparnos. Por eso no creo que muchos de los que paguen 1500€+IVA el próximo mes para ver a Tom Peters en Madrid lleguen a experimentar la comunión y catarsis que genera con sus paisanos. Gurusitos del mundo, dejad de traducir, creo que hay una gran ocasión de elaborar un discurso mejor adaptado, porque de lo que no cabe duda es de que lo que hoy puede ser una oportunidad de algunos, mañana será necesidad de muchos por las tendencias que se aprecian ya en el horizonte.
Como ejemplo, y ya que vamos de Japón, recordar como la inmensa mayoría de los samurai (clase que correspondía quizá al 10% del país) fue incapaz de adaptarse a los cambios que se produjeron tras el desembarco del comodoro Perry en Yokohama, vieron como su tradicional lealtad ya no era correspondida y, o bien quedaran como guerreros “liberados” a la busca de señor (ronin), fracasaron al intentar dedicarse a un comercio que chocaba con sus códigos y costumbres, o simplemente se abandonaron.
- La otra es la falta de motivación. Lo dicen las estadísticas: Europa presenta bajos niveles de motivación, con España ocupando los lugares inferiores. En España, sólo el 11% de los empleados está dispuesto a hacer un esfuerzo extra para lograr los objetivos de la empresa. El 27% se declara “nada comprometido”. Trabajamos más horas pero producimos menos, y el sueño de los universitarios es el sosegado funcionariado.
Tampoco hacen falta estadísticas para darse cuenta. Es tan generalizado que damos por hecho que las cosas han de ser así. Es triste, pero en muchas empresas la motivación apenas sale de los cursos de habilidades y de las encuestas de clima. Los esquemas laborales y las formas directivas no ayudan, pero no es sólo eso.
Hay de nuevo algo más profundo en esta desmotivación y que me atrevería a decir que tiene algo que ver con nuestro concepto filosófico de “libertad”, que quizá por la tradición judeocristiana es más “liberador individual de opresiones” que de “aceptación libre de límites”. No se asume el trabajo o tu rol profesional como una escuela, o como un campo de juego, sino como un recinto que anula tu yo real, que es sólo el de los breves ratos de ocio. Ya pocos dicen “soy…” sino “trabajo en…”.
Aquí sí que Japón nos puede dar pistas, como demuestran las sonrisas sinceras de “Gokurousama”. Divagando, se me ocurre que el camino de las obras de nuestro arte plástico, que lleva decenios en una insatisfacción continua rompiendo límites y apenas intentando lograr la perfección dentro de ellos es una buena metáfora. Sin embargo, y respetando límites simples, los caminos de la perfección no se agotan en las artes orientales: un trazo en la caligrafía, una hoja en el Origami, tres versos en el Haiku…
Querer un poco más los “límites” y trabajar sobre ellos es un camino a la satisfacción profesional, y también al progreso profesional. El primer paso es definirlos. No tienen por qué ser los de tu puesto de trabajo, sino los de lo que tú quieras ser y comunicar como profesional, tu Marca Propia. Como en las disciplinas orientales, cuanto más claros y simples, mejor. Y aquí se enlaza de alguna forma el remedio a ambas dificultades: disminuye la aversión al riesgo, porque cambiando de empleo o emprendiendo tu propio proyecto no cambian realmente los “límites”: sigues trabajando en tu propia obra. Y aunque decidas no cambiar de ocupación, no por ello no debes volcarte en “mejorar”, que no sería necesariamente formarte o ascender, sino simplemente, aprender a hacer lo mejor posible el servicio que puedes aportar, hasta lograrlo sin esfuerzo, o casi, con una pasión tranquila, y sobre todo, no renunciando a que tu jornada laboral forme parte de tu vida.
Quizá tu jefe o tu empresa actual no lo merece, pero tú sí. Aunque el emperador de Japón no te nunca te nombre “tesoro divino”.










